Seguro que todos hemos escuchado hablar, en mayor o menor medida, de la transformación digital.

El término en sí a mí siempre me ha parecido muy ambiguo, bien es verdad que adquiere cierto significado cuando hablamos de la transformación digital de una empresa o industria, de un negocio o incluso de una administración pública.

En cada contexto los matices son diferentes, pero en esencia estamos hablando de los cambios que empresas, modelos de negocios y organizaciones deben afrontar para adaptarse al nuevo mundo digital, hiperconectado y en constante evolución gracias a la total y absoluta penetración de Internet.

Del mundo analógico hemos pasado al digital, y del digital al inteligente… Ese que hemos dado en llamar SMART:

No salimos a la calle sin nuestro sin nuestro smartphone, consultamos la hora en nuestro smartwatch, disfrutamos de ratos de ocio con nuestro smartTV, adaptamos nuestra vivienda para convertirla en un smarthome, vivimos en una smartcity…

Sin apenas darnos cuenta nos hemos convertido en el centro de una nueva concepción del mundo que hasta ahora conocíamos. Como individuos tenemos en nuestra mano el poder de la información y la comunicación de manera instantánea.

Internet nos ha dado a nosotros, las personas de a pie, la oportunidad de acceder a fuentes de conocimiento prácticamente ilimitadas, a nuevas formas de relacionarnos, de comunicarnos, de consumir, y en el fondo, a un nuevo estilo de vida.

En el mundo empresarial se está hablando cada vez más del modelo de industria 4.0, que a grandes rasgos no es más que la introducción de las tecnologías digitales en el entorno productivo.

Sistemas cibernéticos, inteligencia artificial, tecnologías en la nube, internet de las cosas (IoT), big data,… No son más que meras herramientas en las que las empresas se están apoyando para alcanzar el nuevo nivel, ese que hemos dado en llamar el 4.0.

De hecho, hablar de industria 4.0 es hablar de la cuarta revolución industrial… pero sobre todo es hablar de una nueva forma de organizar los medios de producción.

Y es ahí, precisamente donde radica la esencia, el verdadero reto de esta revolución tecnológica.

No estamos ante una nueva forma de energía, ni ante un nuevo modelo productivo capaz de cambiar el contexto socioeconómico, como ocurriera en las primeras revoluciones industriales.

Somos nosotros, la propia sociedad, una sociedad exigente y con nuevas formas de comunicarse, relacionarse y consumir, la que está obligando a las empresas y gobiernos a afrontar cambios en sus modelos organizativos tradicionales, e incluso en su manera de pensar y actuar.

La transformación digital no es la revolución en sí, sino un medio, no lo perdamos nunca de vista.

La verdadera revolución es cómo cada uno de nosotros, como individuos y gracias a las nuevas tecnologías estamos siendo capaces de decidir y participar en esta transformación.