Hace unos días, a través de un hilo de publicaciones de Linkedin, recalé en un debate donde técnicos y especialistas compartían sus buenas y malas experiencias en el mundo de la accesibilidad, todo ello a raíz de la fotografía de una rampa de gran pendiente colocada junto a unas escaleras.

Para los que nos movemos en el mundo de la accesibilidad esto no es nada nuevo, y por desgracia es más habitual de lo que debería. Vivimos en un mundo donde las personas de movilidad reducida no lo tienen nada fácil porque cada día tienen que librar muchos obstáculos. Y el más difícil de salvar, sin duda, la falta de concienciación que la sociedad tiene acerca de la accesibilidad.

Y no estamos concienciados en accesibilidad porque muchos no saben lo qué significa ni lo que implica moverse por el mundo en una silla de ruedas, o con la ayuda de un andador o un bastón.

Buscando por internet una imagen con la que ilustrarme me encuentro con esto, que a mí no me merece otro calificativo que no sea «aberración»:

Aunque parezca increíble, yo de estas he visto muchas… Bueno, también alguna con pendiente más suave, pero así todo totalmente inservibles.

Y me he encontrado con mucha gente que no entiende que pendientes superiores al 10% no sirven para nada, ya que desde una silla de ruedas no se pueden librar con facilidad.

Y luego tienes que explicar qué significa ese 10%: «Tenemos 3 escalones y necesitamos una rampa con longitud mínima de 5 metros«.

Y entonces es cuando ya les rompes los esquemas y te dicen que es una barbaridad. Porque casi nunca tenemos el espacio suficiente. La solución es poner un dispositivo mecánico (salvaescaleras, elevador, etc.) para salvar el desnivel. Pero eso suele ser más caro, y a menudo se acaba haciendo una rampa en el espacio que haya disponible. Y de pendiente la que salga, casi podemos darnos por contentos si es menor de un 20%.

Nos falta educación en accesibilidad. Mucha educación en accesibilidad.

Me gustaría llevar una silla de ruedas en mi coche e invitar a mis clientes a moverse en ella: a entrar y salir de un ascensor, a bajar una rampa, a subir el bordillo de la acera, a maniobrar en un pasillo estrecho.

Si todos nos subiésemos alguna vez en una silla de ruedas nuestro concepto de accesibilidad cambiaría por completo. Porque no se trata de quitar escalones por quitar, se trata de buscar itinerarios alternativos y practicables para una persona de movilidad reducida.

Un dato curioso: España es el país con más ascensores por habitante del mundo. Alguien puede pensar que somos por ello un país muy accesible, pero nada más lejos de la realidad.

Simplemente tenemos muchos ascensores porque el 65% de la población vive en bloques de pisos de varias alturas. En el resto de Europa, por ejemplo, sólo el 46% de la población vive en bloques de viviendas.

En los años 50 del siglo pasado, en la España de la postguerra, hubo un éxodo masivo de población rural hacia los núcleos urbanos que generó una enorme necesidad de vivienda. Las políticas de entonces favorecieron la edificación en altura y se convirtió en parte de nuestro estilo de vida, llegando incluso hasta el día de hoy.

Muchas de esas viviendas siguen hoy en pie y muchas de ellas se construyeron sin ascensor, ya que no era habitual (salvo en viviendas de cierto lujo) colocar ascensor en bloques de menos de 5 alturas.

Esta situación nos genera otro de los grandes problemas de accesibilidad de nuestro país, y es que muchas personas (sobre todo de edad avanzada) viven cautivas en sus propias viviendas.

Desde las Administraciones Públicas se proveen ayudas y subvenciones para la instalación de ascensores, en un intento para que a finales del 2017 todas las viviendas de este país puedan ser accesibles. Y sobre el papel está muy bien, el problema viene  cuando tienes que instalar un ascensor en un bloque antiguo y no tienes espacio.

Y eso es una realidad, porque no siempre hay un patio, no siempre se puede colocar por una fachada o no siempre hay hueco en la caja de escalera.

Esta es la otra cara del problema que exponía al principio. Porque hacer accesible un edificio que no lo es, no siempre es posible. Y otras veces, el coste y envergadura de la intervención es inasumible por sus propietarios.

La tecnología avanza y el desarrollo de los ascensores parejo con ella. Hoy en día somos capaces de colocar ascensores espacios reducidísimos (impensable hace algunos años), pero no siquiera eso es suficiente.

En rehabilitaciones de viviendas, las empresas de elevación exprimimos los huecos al máximo, reducimos los componentes a su mínima expresión y aún así, muy a menudo sólo conseguimos instalar ascensores minúsculos donde introducir una silla de ruedas o maniobrar con ella es casi imposible.

Y como profesional del sector he de reconocer que te duele, porque te encuentras con verdaderos dramas personales de gente que tiene que abandonar su vivienda de toda la vida ante la imposibilidad de hacerla accesible.

Y todo ello ¿por qué?. Porque en su día a nadie se le ocurrió colocar un ascensor o, al menos, dejar espacio para que se pudiese instalar en un futuro.

Me reafirmo: nos ha faltado y nos falta educación en accesibilidad.

Y puedo llegar a entender que en construcciones de los año 50 ó 60 haya problemas sin solución, cuando la esperanza de vida era menor y nuestra propia cultura condenaba a las personas con dificultades de movilidad a no salir a la calle.

Lo que ya es incomprensible son edificios de hace 10 ó 15 años con problemas de accesibilidad. Y son muchos, la mayor parte con ascensores que no llegan a cota 0. Algunos de ellos sin fácil solución.

Espero que, al menos, las nuevas generaciones hayan aprendido algo de nuestros errores en estas materias, y su educación y concienciación les permita construir un mundo un poquito más accesible para todos.